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CRÍTICA: ÓPERA Don Giovanni

Cantantes implicados

JAVIER PÉREZ SENZ 25/07/2008

 
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Casi seis años después de su estreno, el montaje de Don Giovanni, de Mozart, con la dirección escénica de Calixto Bieito, vuelve a levantar ampollas en su retorno al Liceo, entre atronadores abucheos y adhesiones entusiastas. No ha perdido un ápice de su capacidad transgresora, en un trepidante juego teatral que transforma el drama giocoso de Mozart y Da Ponte en una noche de sexo (menos el pobre Comendador, todos fornican en escena) y desenfreno ambientada en el Port Olímpic, entre litros de alcohol, drogas, suciedad, violencia, sadismo y muerte. Puro Bieito, que pone a los personajes frente al espejo de su perdición y los mueve hacia el abismo a un ritmo frenético. ¿Y Mozart? Pues intentando sobrevivir al baño de modernidad. Bieito cuenta la historia como si fuera un filme de Tarantino, pero con la banda sonora equivocada. Cuando la vulgaridad, la cutrez y el exceso de testosterona dejan resquicio a la emoción, la música de Mozart asoma la cabeza entre tanta mierda y logra transmitir algo de emoción.

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Dirigir a trompicones

Se pueden odiar los excesos de Bieito, pero hay que quitarse el sombrero ante su capacidad para lograr que los cantantes de ópera, siempre vagos en asuntos teatrales, se impliquen a fondo en la construcción de un personaje. Y lo que hacen todos en este montaje es eso, implicarse en la definición de cada personaje con las más eficaces armas teatrales. Sensacional es, por ejemplo, el trabajo del barítono Kyle Ketelsen, que debuta en el Liceo en el papel de Leoporello: la voz es notable, canta con gusto y estilo y no deja cabos sueltos en una soberbia caracterización. O su colega Simon Keenlyside, de medios algo ligeros para Don Giovanni, que se implica con Bieito sin titubeos. Su voz cautivó en las escenas de mayor lirismo, pero no siempre fue audible en las de mayor peso dramático. Claro que buena parte de culpa la tuvo el director de orquesta, Friedrich Haider, que llevó la obra a trompicones, con sonido duro, velocidad excesiva y poco sentido mozartiano.

De las tres sopranos, Véronique Gens (Donna Elvira) fue la más musical y escrupulosa; Ángeles Blancas (Donna Anna) compensó ciertas durezas con energía y valentía vocal fuera de serie y Juanita Lascarro (Zerlina) perfiló bien su papel, sin atisbos de ingenuidad.

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