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CRÍTICA

Simplismo emocional

J. O. 04/07/2008

 
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Si en una película de ficción basada en hechos históricos, las imágenes más potentes, emocionantes y desoladoras de todo el metraje las proporcionan los esporádicos momentos en los que se ofrecen documentos de archivo filmados durante la época, es que algo no acaba de cuadrar. Frente al cartón piedra histórico, sentimental y político de Oh, Jerusalén, versión cinematográfica de la vendidísima novela de Dominique Lapierre y Larry Collins, los verdaderos rostros ajados de la contienda entre israelíes y palestinos, filmados por documentalistas de los años cuarenta, ponen aún más de manifiesto la levedad de una película con todas las hechuras de las coproducciones internacionales carentes de identidad, carisma y capacidad de riesgo, ancladas en el academicismo ramplón y en la falta de trascendencia.

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Para trasladar a la pantalla un novelón de 500 páginas como el de Lapierre y Collins, y dejarlo en apenas cien minutos de metraje, hay que dividir el tiempo de forma certera entre las microhistorias sentimentales de amor, amistad y odio de sus protagonistas, la macrohistoria política de los gobernantes, altos cargos e instituciones internacionales, y la organización y desarrollo puramente bélico que va desde el atentado contra el hotel Rey David, sede del mandato militar británico, en 1946, hasta el primer alto el fuego entre ambos contendientes, en junio de 1948. Lamentablemente, el francés Elie Chou-raqui, con experiencia en el cine bélico tras la irregular Las flores de Harrison, se apunta al sentimentalismo bienintencionado para públicos poco exigentes; a la demagogia, el simplismo y la caricaturización del semblante de sus figuras históricas (Ben Gurión, principalmente), y se equivoca al dedicar demasiado espacio a la tralla pura y dura, sobre todo teniendo en cuenta que no estamos ante una superproducción, por lo que la modestia de su factura acaba echando por tierra buena parte de sus secuencias de guerra.

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