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CRÍTICA

La inmunidad y la inercia

JORDI COSTA 16/05/2008

 
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Hay algo particularmente antipático en la figura de todo artista que, con mayor o menor merecimiento, disfruta de esa aureola de inmunidad que le otorga el consenso general sobre su condición de clásico en activo. Tomemos a Claude Chabrol como paradigma: el número de títulos notables que respalda su trayectoria podría equiparse al de tópicos críticos que inspira cada uno de sus últimos trabajos. El cineasta ha rebasado esa línea a partir de la cual un Chabrol es siempre un Chabrol, completamente liberado de su vieja potencialidad desestabilizadora para inspirar un modelo de elogio automatizado que, en ocasiones, llega a reciclar lo extracinematográfico como bondad artística. Hay quien, por ejemplo, ve con buenos ojos -incluso con admiración- que el cineasta elija sus localizaciones usando como brújula su apetito de gourmet. Ante semejante tesitura, alguien tendría que estudiar la relación entre el mal cine y el catering deficiente. Viejo zorro y veterano infatigable, Chabrol ha llegado a ese punto en que el cine es más una forma de vida, una inercia o una terapia ocupacional que un arte o un oficio: todo lo que sale de sus manos tiene una impronta reconocible, pero no es menos cierto que los porcentajes de brillantez o excelencia fluctúan... como, por otra parte, debería ser natural.

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El 25 de junio de 1906, el heredero Harry Kendall Thaw, presa de sus celos patológicos, asesinó en el Madison Square Garden al arquitecto Stanford White, que había tenido un previo affaire con su esposa, la modelo Evelyn Nesbit. El incidente inspiró en 1955 la película de Richard Fleischer La muchacha del trapecio rojo y ahora sirve de sustrato a Una chica cortada en dos, el último Chabrol, a quien el incendiado triángulo parece importarle poco al articular su burlón retrato de un endogámico microcosmos de provincias.

Un maduro escritor tranquilamente perverso (François Berléand), un pijo edípico y ridículo (Benoît Magimel) y una chica del tiempo en una cadena local (Ludivine Sagnier, toda una encarnación de lo deseable) recrean el conflicto mientras Chabrol disfruta revelando secretos, mentiras, fatuidades e imposturas de esa Francia de provincias que es objeto de su amor / odio. A este crítico le gustaría poder hablar de estilo invisible, pero sus ojos sólo ven descuido y esa escritura automática que da la rutina. Tampoco puede hablar de fina ironía: sólo hay caricatura, y su trazo, aunque francés, es grueso.

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