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CRÍTICA: ARTE - Exposiciones Encuentros de Pamplona 1972: Fin de la fiesta del arte experimental

Lecturas en el cubo blanco

ÁNGELA MOLINA 07/11/2009

 
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Es posible que la nueva era del consumo masificado de cultura amalgamada con ciertas tendencias revival y revisionistas de la modernidad se esté convirtiendo en el verdadero contexto de las angustias críticas. "Tanto volver a los setenta, y en los ochenta, no hacíamos más que ponernos ciegos de drogas para olvidar aquellos años", se oía el otro día por los pasillos del Reina a uno de los testigos de los Encuentros de Pamplona 1972, aquel annus mirabilis del arte conceptual europeo. Hoy podemos reconocer que los muros del cubo blanco han sido permeados por una red de poderes económicos que alegremente ensalzan la radicalidad de trabajos que en su momento renunciaron a lo que tradicionalmente eran considerados como tareas de la estética. Marcel Broodthaers supo articular como pocos una crítica de la "institución" y la obra de arte como objeto inevitable de mercancías: a través de la escultura Pense-Bête (1963), compuesta por los últimos ejemplares de sus libros de poesía transformados en una masa de yeso (se trataba de un objeto visual que ya no se podía leer), preguntaba al visitante por qué se había negado a ser lector para convertirse en espectador dentro de una institución normalizadora y disciplinaria.

Encuentros de Pamplona 1972: Fin de fiesta del arte experimental

Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía

Santa Isabel, 52. Madrid

Hasta el 22 de febrero

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José Díaz Cuyàs ha abierto en las salas del Reina un libro para lectores y oyentes, un relato cuidadoso de los eventos y experimentos del festival internacional de arte de vanguardia más importante celebrado en España. Hay que recordar que mientras la capital navarra acogía unos encuentros que ponían en entredicho el límite de los formatos llamados "tradicionales", Kassel inauguraba la Documenta 5, que marcó la realidad operativa del arte conceptual en Europa y la devolución de algunas de las herramientas críticas del movimiento estudiantil de 1968 a un ya consolidado sistema del arte. Pero a diferencia de aquellos documentos seleccionados por Harald Szeemann, el compositor Luis de Pablo y el artista José Luis Alexanco, gestores intelectuales de los encuentros, intentaron poner en marcha una estructura abierta que fuera capaz de fundir lo restrictivo de lo poético con el lugar común de lo político. Bajo la dictadura franquista, sólo la iniciativa privada de la familia Huarte hizo posible que más de 350 artistas nacionales y extranjeros enterraran alegremente la esfera angélica de lo monumental bajo una avalancha de acciones restringidas (Mallarmé).

Lo que el visitante verá en el Reina Sofía es un modelo de investigación, una honesta confusión de formatos e individualidades, un libro abierto que anticipa con tinta invisible la decadencia, años después, del mito de la vanguardia y la pulsión colectiva de algo nuevo. Prueba de ello es que los encuentros resultaron al final una oportunidad perdida: no hubo debate interno y se produjo un choque ideológico entre los propósitos elitistas e internacionalistas de la organización y los objetivos más "localistas" de los artistas vascos. De aquel escaparate de arte experimental ha quedado una abundante documentación diseminada en vitrinas, piezas reconstruidas, películas, material sonoro e instalaciones que resumen lo más representativo de lo que se estaba produciendo en el contexto internacional (Joseph Kosuth, Art & Language, Carl André, John Cage, Bruce Naumann, Richard Serra, Helio Oiticica, Ed Ruscha, Baldessari). En los círculos domésticos, destacó la aparición de una nueva generación de creadores próximos a la depuración del lenguaje y que desarrollaron trabajos con ordenador (Barbadillo, Soledad Sevilla). Participaron también grupos próximos a la acción musical (Zaj), las nuevas figuraciones (Bartolozzi) y la pintura crítica (Equipo Crónica) y los conceptualismos (Alberto Corazón, Valcárcel Medina, Paz Muro, Nacho Criado), a los que se sumó la renovación poética de Xavier Franquesa, Salvador Saura, Jordi Pablo y la escultórica de Francesc Torres, Jordi Benito y Muntadas.

Lo que queda para hoy de toda aquella combustión espontánea de fiesta en la calle es un intento de lectura: reconocer desde el museo la integración de las artes en el espacio público de la ciudad y la construcción de la memoria histórica.

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Antoni Muntadas, instalando su obra Polución Audiovisual en una de las carpas neumáticas donde se desarrollaron los Encuentros de Pamplona. Foto: Pío Guerendiaín- PIO GUERENDIAÍN

 
 
 
 
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